
Astrología es un conocimiento multidimensional que nos pone ante la necesidad de integrar los distintos niveles de la realidad y articularlos coherentemente.
Las funciones sentimiento, pensamiento, percepción e intuición, todas ellas aludiendo a los cuatro elementos según la teoría de Carl G. Jung[1], conviven y se entrelazan en nosotrxs, estableciendo prioridades inconscientes en nuestro desarrollo. Quienes se identifiquen con la percepción dejarán a un lado la intuición, quienes los hagan con el sentimiento, se olvidarán del pensamiento, y viceversa en ambos casos. Por tanto, conocer nuestras identificaciones, pasarlas al plano consciente, y abordar las polaridades correspondientes, se vuelve un acto de magia que nos libera de la dualidad.
Vivir en ambos lados de la oposición, aceptar esa polaridad y habitarla al ritmo de la oscilación, está en nuestra potestad humana. El camino puede ser arduo, y tanto más lo será cuánto más nos resistamos a cambiar, pero parece ser el único camino posible para estar completxs, para liberarnos de nuestras micro-cárceles.
Este desarrollo parcial, estas identificaciones limitantes, se revelan en nuestrxs cuerpxs, se establecen como lógicas de andar, movernos, pensar, sentir y actuar. Se cristalizan en un “yo”. Se vuelven maneras estereotipadas de relacionarnos, de vincularnos en “piloto automático”, alejándonos de la vida.
Imaginar a la ASTROLOGÍA de forma “VIVA” es encontrarnos con los arquetipos en lxs cuerpxs. Desandar los nudos psíquicos que se revelan en los músculos, en las posturas, en el contacto con otrxs. Por eso es un desafío. Porque aunque siempre la Astrología nos deja al desnudo al estudiarla en formato “intelectual”, esta desnudez podemos hacerla en privado, en nuestra zona de confort, en casa, en el ámbito individual.
La ASTROLOGÍA VIVA nos encontrará en grupo. Nos desnudará ante la red. Como la vida misma, nos enfrentará a la Sombra en el presente, en el Aquí y Ahora. Será un llamado a la humildad, reforzando el respeto y cuidado mutuo, con nosotrxs y los demás.
[1] El elemento Tierra se asocia al mundo concreto, material. Tiene que ver con la percepción a través de los sentidos del cuerpo. El plano físico, la sustancia orgánica. Lo sólido, lo que tiene peso, gravedad. Lo constituido, el orden objetivo, la ley de la realidad. Se corresponde con la función sensación.
El elemento Fuego se asocia al mundo de la vitalidad, de la energía. Tiene que ver con la percepción a través del sentido de captación global, sintética, trascendente. El plano etérico, la irradiación vital, el espíritu. Lo que se eleva, el impulso de búsqueda, la verdad esencial. Lo que será, lo por venir, la ley del deseo y la voluntad. Se corresponde con la función intuición.
El elemento Aire se asocia al mundo mental, ideal. Tiene que ver con la percepción a través del pensamiento y el intelecto. El plano mental, la capacidad de asociar, vincular, conceptualizar. Lo abstracto, lo que es capaz de objetivar la realidad en un orden ideal de justas proporciones. Las múltiples y variadas posibilidades de articulación de la realidad. Se corresponde con la función pensamiento.
El elemento agua se asocia al mundo sentimental, emocional. El plano astral, el contacto empático y resonante con el universo. Lo sensible, lo que es capaz de percibir necesidades y proteger lo frágil. Lo que nos vuelve subjetivos y nos conecta con la profunda interioridad humana. Lo que fue, el pasado, la memoria afectiva. Se corresponde con la función sentimiento.
